Hace unos días cogí el tren para volver a casa después del trabajo. Me
senté junto a la ventana y, sin ganas de leer ni escuchar mi ipod, comencé a
pensar en mis cosas. Trabajo, trabajo,
trabajo, relación fracasada, trabajo, trabajo, relación fracasada, trabajo, mi
gata es ciega, tengo que llamar a mi madre.
Al llegar a la siguiente estación (la más céntrica de la ciudad donde vivo)
el tren se llenó con ese ímpetu desesperado y casi catastrófico que demuestran
las personas a la hora de conseguir un asiento. Dos chicas entraron a la vez,
tocándose repetidamente para no perderse (como si el tren fuera a llevarlas a
lugares diferentes), y enseguida se sentaron a mi lado. Soy terrible para las
edades pero si tuviera que apostar diría que no llegaban a los veinte años.
Tenían una apariencia creativa y moderna, o sólo llamativa, no lo sé. Soltaron
una risa escandalosa, o al menos a mí me lo pareció, que me hizo bajar de la
nube laboral, sentimental, gatuna y maternal en la que flotaba. Traté de
centrarme en mis cosas, pero ya resultó imposible. Hablaban de chicos, y una de
ellas, la rubia con una admirable seguridad en sí misma, dijo: ¿sabes? ¡Es que no, no quiero nada con él! Y
seguidamente soltó una risa burlona.
La otra, la pelirroja carnosa, dijo: ¿No
te atrae?
Noté el cuerpo de la rubia erguirse a mi lado, y cómo se giraba para
contemplarse en la ventilla mientras se peinaba la coleta alta. La miré un
segundo, rápidamente y sin querer, fue un acto reflejo. Tenía granitos en las
mejillas.
Y entonces dijo, con una sonrisa de oreja a oreja: Sí me atrae, pero no necesito ser novia de nadie para quererlo y
tirármelo.
Y ahí empezó mi drama, justo en el instante en que sus risas se mezclaban
con el sonido del iphone de alguien, la conversación de pareja de atrás y el
traqueteo del vagón mientras tomaba velocidad.
Luego añadió: Yo soy muy libre, y hago
lo que quiero, tengo muchos amigos, así que no voy a dedicarle el tiempo que me
pide.
Y entonces, la pelirroja carnosa añadió: ¡Qué mono, quiere verte más!
Y ahogaron una risa.
Encendí el ipod y me puse los cascos, porque odio ser tan cotilla.
De todo aquello lo que me sorprendió no fue la libertad que expresaban para
las relaciones amorosas y sexuales, porque todo es respetable, sino el tono
burlón y despectivo de sus palabras. Me pareció que se reían de aquel pobre
chico.
Me di cuenta de que esa chica, sufriría poco por amor. Nunca se sabe y como dice mi jefe, todo puede ser, pero pensé que con una
mentalidad tan fría y aquella falta de romanticismo, las hostias deben de doler menos. No es bueno generalizar, porque
siempre existe alguien que levanta la mano para decir que él/ella no es así, y
seguramente lleva razón, pero en ese momento supe que la generación de
finales de los noventa (la suya), a diferencia de la de principio de los ochenta (la mía), no está
marcada por las películas Disney, donde tarde o temprano, pase lo que pase, el
príncipe aparece. Sino que se rige por el consumo excesivo y por el acceso
ilimitado a cualquier capricho. Tuve la sensación que para aquella chica de la
coleta alta su amigo/novio/amante, lo que fuera, era como las camisetas del
Bershka, accesibles, baratas y fabricadas en cadena. Y pensé que hoy en día,
las personas se aburren con exagerada facilidad, y viven a la búsqueda de “algo
nuevo”. Ropa, móvil, parejas, tecnología, muebles; todo parece de usar y tirar.
La literatura no es una excepción. Las novelas también se han convertido en
víctimas del consumo rápido. Las historias ya no marcan a los lectores, y éstos
olvidan el argumento de aquella novela que hace dos meses tanto les fascinaba. Hoy
les preguntas por ellas y casi no recuerdan el nombre del personaje. Pero una
vez más, estoy generalizando.
La vida parece fulminante, es como si nadie se detuviera a apreciar lo que le rodea. Si puedes tenerlo todo, ¿por qué conformarte con lo mismo de siempre?
Hace bastante tiempo una amiga mía (A.) me dijo: la culpa es de Disney, que
nos enseñó a esperar al príncipe. Pero la chica del tren, la de la coleta alta,
no esperaba ningún príncipe. Estaba bastante claro.
Pensé en los príncipes Disney y me
di cuenta de que ni yo ni nadie, ni siquiera Blancanieves ni La Cenicienta sabíamos
mucho de ellos. Y lo peor, supe que algunas princesas Disney tienen problemas
emocionales.
1. Ariel,
en edad de instituto y sin problemas familiares, se fuga de casa, hipotecando a
su padre (no la casa sino el reino) para pasar tres días con un chico de su
edad al que ha visto un rato cuando estaba medio ahogado.
2.Jasmine sufre bipolaridad. Se enamora de un
mendigo al que adora desde el principio y al día siguiente de un príncipe al
que detesta, y cuando averigua que son la misma persona se convierte en lo más
parecido a Mr. Hyde.
3. Blancanieves,
que era princesa y por tanto dueña y señora de su casa, accede de forma sumisa
a las órdenes de su madrastra y se convierte en su sirvienta. Cuando el cazador
la libera consigue llegar a la casa de Los siete enanitos (ayudada por los
animales del bosque, no por capacidad propia) para volver a convertirse en sirvienta
de éstos. Cuando una desconocida le ofrece la manzana ella declina la oferta,
pero no hacen falta muchos intentos para convencerla.
4. Bella
padece síndrome de Estocolmo. Y de los graves. Tiene la posibilidad de huir de quien
encerró en un calabozo a su padre, pero decide volver. Al final de la película
Bestia la libera, la deja marchar para siempre, pero ella regresa al castillo, una segunda vez, porque se ha enamorado de su raptor.
Y pensé que los extremos no son buenos. ¿Dónde está ese punto medio entre Disney
y el Bershka compulsivo?