martes, 22 de septiembre de 2015

Katsudon



Cuando separé los palillos me di cuenta de que los cogía por el final. Esto, según los japoneses, significa que me casaré tarde, y a estas alturas de mi vida no van desencaminados, precisamente. Estaba removiendo el arroz de mi bol de katsudon cuando una familia que hablaba castellano se sentó en la mesa de al lado. L me comentó: qué raro, no se ven muchos españoles. Y no lo dijo muy alto, porque ninguna de las dos es proclive a las amistades rápidas y fáciles. Comimos con calma. Al otro lado de la ventana el río Daiya fluía tranquilo y el puente Shinkyo soportaba los flashes de los turistas.
Entonces, el único hombre del grupo, un señor pequeño y canoso, dijo: ¡Yo como mejor en mi casa!
Y no fueron las palabras lo que llamó mi atención, sino el tono chovinista.
Mi amiga y yo nos cruzamos una mirada de sorpresa mientras ellos criticaban Japón. Nosotras permanecimos atónitas. Posiblente aquel hombre disfrutaría más de la comida nacional, y las calles de su pueblo o ciudad le parecerían más agradables, el idioma idílico, la gente más guapa...qué sé yo. En todo caso su problema tenía una fácil solución: no ir a Japón.
Nunca he entendido a las personas que viajan y sufren. Que desean volver a casa porque el trote del turista los agota y abruma. Y por lo que he podido comprobar, no escasean. Sin embargo, es muy sencillo. Existe demasiada gente que viaja por cómo suena y no por lo que aporta. Disfrutan el viaje a través de selfies, más preocupados de exhibir su vida que de vivirla. 

No entendí que alguien pudiera pagar 3.000 euros por algo que jamás disfrutaría. Y todo por las apariencias.
Salimos del restaurante y caminamos por Nikko, hacia la estación de tren que nos llevaría de vuelta a Tokyo.
-Hay gente que no sabe apreciar otras culturas. Aunque no es tanto "el 
no apreciar" sino "el criticar". Existe una enorme necesidad de degradar lo que nos envuelve, lo que es diferente a nosotros- comentó L.
-Y así va el mundo- dije yo.