Me desperté con el silbido del viento.
Debía de ser temprano porque la luz que se filtraba por la ventana era tenue y delgada, sin fuerza. Entonces, oí el tendedero que golpeaba rítmicamente contra los
barrotes del balcón. Producía un sonido metálico que no me hubiera permitido coger el sueño de nuevo por lo incómodo que resultaba, y de
inmediato, imaginé toda mi ropa volando. Así que, tratando de anteponerme al drama
que aquello ocasionaría, me levanté rápidamente, abrí la puerta de mi habitación y
crucé las sombras del pasillo.
Cuando subí las persianas un día grisáceo cubría las calles. En la acera había hojas de árboles concentradas en forma de
remolino, las ramas se movían con un nerviosismo contagioso. Parecía que de un
momento a otro fueran a partirse por la mitad.
Pensé que el frío había llegado sin
avisar, de repente. Perder el otoño debía de ser cosa del cambio climático.
No había mirado el reloj, de modo que
no sabía cuántas horas me quedaban de sueño.
Entonces recordé algo que me hizo
feliz. Era sábado.

