domingo, 25 de agosto de 2013

Julieta Capuleto


Romeo y Julieta no es mi obra preferida de Shakespeare. Ni siquiera es la segunda ni la tercera. Antepongo otras, como Hamlet, el rey Lear, Macbeth, o, la que para mí despunta, Othello (cuyo final hoy día sería políticamente incorrecto y censurado). Sin embargo, Romeo y Julieta se ha llevado el aplauso más fuerte, al menos la fama más eminente. Todo el mundo, hasta el lector nulo, conoce la historia de las dos familias enfrentadas y los dos jóvenes enamorados sufriendo indeciblemente.  Y es que la historia vende. De hecho, vende tanto que ha sido pionera de muchas otras que se esfuerzan en reproducir ese amor imposible. Algunas son fáciles, y tratan de avivar las hormonas femeninas: Crepúsculo, Titanic, El diario de Noah. Otras, un poco más elaboradas, o al menos, con un contexto político o situacional arduo: Casablanca, el paciente inglés, Brokeback Mountain.  Incluso Vicky Cristina Barcelona tiene algo de amor imposible. En fin, la lista es eterna, y no podría enumerarlas todas.
Como Romeo y Julieta es pionera, en Verona, han buscado una plaza bonita, quizá la más bonita de la ciudad, a la cual se accede por un callejón para llegar luego a un patio lleno de luz y lleno de ventanas floreadas. Y allí, en lo alto de una de las casas, han instalado El balcón de Julieta.
Es un palco pequeñito y romántico, muy femenino, que desprende amor sólo con mirarlo. Subir cuesta 6 euros y la acción se desarrolla así: Sube una chica con su acompañante (6x2=12 euros), ella sale al balcón, de manera que las personas que esperan en la plaza pueden verla actuando como si fuera Julieta, y su acompañante se asoma por una ventanita para poder fotografiarla.
Hasta el día antes de ir a Verona creí que subiría al balcón y, como todas, haría la gracieta, pero en el momento en que miraba hacia arriba y contemplaba a una chica rubia y nórdica saludar mientras su novio la fotografiaba desde la ventanilla pensé: Julieta no es real, nos están timando.
Si Julieta hubiera nacido en Verona, si hubiera crecido en aquella casa, si hubiera arrastrado los bajos de su vestido por aquellas escaleras que conducían a su balcón, hace tiempo que hubiera visitado su casa. Pero no es el caso. Julieta es un personaje ficticio, creado en la imaginación de un dramaturgo inglés. Ni ella ni Romeo existieron, igual que tampoco existió toda la tropa de Montescos y Capuletos. Así que, de repente, no me apetecía subir, porque me pareció que algún oportunista había hecho negocio a costa de Shakespeare. Pensé que sería más o menos como si alguien escogiera un piso al azar en Barcelona, llenara la buhardilla de palomas y dijera: aquí vivió Colometa, si quieres entrar cuesta 6 euros. No creo que Mercè Rodoreda se sintiera orgullosa. La verdad es que me gusta Shakespeare, y es por esto por lo que no quise subir al balcón. Era un genio de la literatura. Sus  obras están plagadas de continuas referencias históricas y culturales mediante frases con doble significado.
Con esto no quiero decir que la plaza no me gustara. En realidad es un encanto.  Además del balcón, una estatua de Julieta se erige de pie, con expresión melancólica. Ya mirándola ves que está enamorada.  Pero mientras luchaba entre los codos de las turistas que abarrotaban el recinto tratando de subir al balcón, hacerse una foto con Julieta o pegar un posit en una pared de ladrillo, no podía dejar de repetirme: todo por la pasta.
Y me dio pena.
Estuve a punto de comprar un candado rosa, pero mientras los miraba en la tienda de recuerdos oí como una chica le decía a su novio que cuando hay demasiados los quitan. No sé si será verdad, pero parece lógico. Así que tampoco compré el candado. Le hice una foto a Julieta como pude, contemplé las paredes y hui del tumulto.
Sin embargo, no todo es dinero y negocio en la plaza de Julieta. Como siempre, lo que decanta la opinión es el sabor de boca que te queda al final. Es como ver una película, aunque sea mala, si el final es bueno, de repente, ya no parece tan lamentable. A pesar de no subir al balcón ni de comprar mi candado rosa me marché de Verona contenta. No hace falta que diga que es un pueblo de una preciosidad exagerada. Cada año miles de mujeres acuden a Verona, porque Julieta será siempre la mujer que (ficticia o real) ha protagonizado la mayor historia de amor que existe, y eso la convierte en una heroína romántica. Nadie imagina a Julieta con defectos. Es perfecta. Es bella, serena y pacífica, buena y amable.  No la imagino enfadada en un atasco de coches, ni mareada después de haberse excedido con el vino. No conspira, no critica, no es torpe. Por eso, durante un momento, en esa plaza las mujeres rebosan felicidad al poder sentirse Julieta, y pensar que el amor eterno sí existe. Sólo hay que ver la cara radiante con que todas esas chicas salen al balcón, y eso merece la pena verlo. Ellas saben que Julieta es ficticia, que el palco es una estafa, pero aun así es bonito y divertido, y durante unos minutos brota una ilusión casi infantil. Y es que un mundo sin fantasías sería hosco y sombrío.
Shakespeare consiguió el sueño de todo escritor, llegar al corazón de los lectores y hacer de sus personajes iconos, y lo admiro por ello.
 

domingo, 7 de julio de 2013

Yo más



Conversaciones absurdas que ocurren en un bar
(Pequeña obra de teatro)
Ricardo, Rodrigo y Roberto: Tres amigos
Ramón: camarero

Ricardo: Me gusta tanto viajar que si me despidieran gastaría el dinero de la indemnización en un viaje.
Rodrigo: ¿Uno? No, no. Que el tiempo pasa volando. Yo haría dos ¡Y a lo grande! Playas exóticas, mojitos y palmeras.
Roberto: Yo me iría un mes entero. Aún no sé dónde, pero no tardaría en hacer las maletas.
Ricardo: Yo compraría un billete de ida a Los Angeles, y el de vuelta ya vería… cuando me cansase, lo cual veo difícil.
Rodrigo: Yo no me cansaría nunca.
Roberto: Yo me llevaría mi coche. Así tendría mayor libertad para desplazarme. Y como me gusta conducir no tendría problemas.
Ricardo: Yo adoro conducir, no me importa realizar trayectos largos.
Rodrigo: Pues yo podría conducir durante diez horas.
Roberto: ¿Diez? Yo he llegado a conducir durante quince horas sin descansar.
Ricardo: (moviendo su vaso vacío) ¿Queréis otra copa?
Rodrigo: Sí, llamemos al camarero.
Roberto levanta la mano y Ramón se acerca.
Ramón: ¿Os sirvo otra copa?
Roberto: Sí, trae otras tres.
Ramón se marcha.
Ricardo: Yo aguanto tan bien el alcohol que todo el mundo se sorprende cuando me ve beber. Podría beberme cuatro copas y mantenerme igual de sereno.
Rodrigo: ¿Cuatro? ¡Eso no es nada! Yo podría beber ocho. Más de una vez lo he hecho.
Roberto: Pues mi récord es un poco más elevado. Soy como una esponja.
Ricardo: Sí, pero hoy no deberíamos excedernos, que mañana tenemos que trabajar.
Rodrigo: Y no porque me apetezca. Mi jefe es un ogro. Siempre está de mal humor.
Roberto: Mientras no te grite… como hace el mío conmigo. Eso sí que es ser un ogro.
Ricardo: Pues el mío paga su amargura con todos sus empleados, y más de uno ha llegado a llorar.
Rodrigo: Así, no me extraña que me cueste tanto levantarme por las mañanas. Hay días que pasa media hora desde que abro los ojos hasta que me levanto de la cama.
Roberto: Pues yo tengo que ponerme el despertador tres veces porque si no, no me entero.
Ricardo: Pues a mí me cuesta tanto levantarme por las mañanas que algunos días he llegado tarde a trabajar.
Rodrigo: ¿Dónde se ha metido el camarero?
Roberto: ¿Alguien recuerda cómo se llamaba?
Ricardo: No, yo tengo muy mala memoria.
Rodrigo: Yo sí que tengo mala memoria, que veo una cara y cinco minutos después se me ha olvidado.
Roberto: Yo tengo tan mala memoria que más de un día me he dejado el fuego de la cocina encendido.
Ricardo: ¡Pues para recordar su nombre estamos! Yo no tengo ni memoria histórica.
Rodrigo: ¿Pues sabes cómo puedes aprender historia? Yendo a museos.
Roberto: Uf, no tengo tiempo para museos.
Ricardo: Yo tampoco.
Rodrigo: Yendo de viaje, podríamos entrar en alguno.
Roberto: ¿Y cuándo vamos a viajar? Porque yo más de una semana no quiero marcharme, y no creo que dé tiempo a todo.
Ricardo: ¿Una semana? Yo creo que una semana es mucho tiempo. Yo prefiero cinco días como mucho.
Roberto: O un fin de semana.
Ricardo: Si me llevara el coche tendría mayor flexibilidad.
Roberto: ¿El coche en vacaciones? Yo me agobiaría…

martes, 25 de junio de 2013

Destino: Milán

No recordaba la última vez que había entrado en la estación de Francia. Cuando viajaba solía hacerlo en avión, así que casi había olvidado cómo era por dentro. Mi abuelo, que había sido revisor hasta su jubilación, siempre decía que las estaciones eran un nido de abstracción, y que si alguna vez me fijaba repararía en las personas sumidas en sus propios pensamientos. En las estaciones grandes las personas no hablan mucho, sólo merodean y observan. 
Hacía diez minutos que esperaba en el bar cuando una señora italiana me enseñó su billete y con un castellano torpe me explicó que viajaba a Milán. Yo también iba a Milán, así que era probable que nos encontrásemos en el tren, pero como siempre he sido reservada y poco habladora con desconocidos, me callé y no se lo dije. Le señalé el camino hacia el andén y ella se alejó, poco convencida, girando la cabeza para asegurarse de que tomaba la dirección correcta. Yo la guie con la mano hasta que desapareció con su vestido negro y sus tacones escandalosos. Cuando se hubo marchado me adapté otra vez en el taburete. El camarero retiró el plato vacío del croissant  y dejó el cortado, y enseguida se puso a comentar con otro camarero el nuevo fichaje del Barça. Tenía la sensación de que últimamente todo el mundo hablaba de fútbol.
Terminé el cortado y pagué con cinco euros. Después arrastré mi maleta lila hasta los andenes, donde me senté un banco de mármol. El sol de agosto se colaba por el techo y los rayos caían en vertical. Miré alrededor. Ana no aparecía. Ni siquiera me había escrito para decirme que llegaría tarde. No me sorprendí, porque nunca había sido puntual.
Aquel viaje había sido idea de Ana, mi hermana pequeña. Aquel verano yo vivía una de esas etapas difíciles que es mejor no recordar y ella, que siempre ha sido más optimista que yo, se propuso animarme a toda costa. Hacía dos meses que me habían despedido y desde entonces no había conseguido ni una sola entrevista. Mi despido no había sido lo que se dice delicado. Si es que algún despido puede serlo. Un día, al llegar a la oficina, el vigilante de seguridad me prohibió el paso. Al parecer, recursos humanos así se lo había ordenado. Al principio no supe reaccionar, me limité a permanecer quieta con semblante estúpido. No comprendía nada en absoluto. Después pedí explicaciones. Me dieron una pegatina de visita, y subí a la octava planta donde una becaria me hizo firmar el despido. Sé que en momentos de crisis no es normal sentirte aliviada, ni es maduro, ni valiente, pero pensar que no volvería a ver a mi jefe nunca más reconfortaba el haber sido despedida.
Será cierto que las desgracias nunca vienen solas, porque dos semanas después mi novio salía por la puerta con las maletas hechas y una lista de cosas que debíamos repartirnos. Tampoco fue normal, ni maduro ni valiente preocuparme más por cómo pagaría yo sola el alquiler que por no haber sido capaz de conservar una relación. Y cuando llegué a la conclusión de que me las apañaría durante un tiempo, me sentí más tranquila.
Me sentía como si nadara en un océano sin saber dónde estaba la costa más cercana, y como no dejaba de quejarme por lo poco definida que estaba mi vida, mi hermana me regaló para mi cumpleaños un billete de tren dentro de una caja de zapatos. Me dijo que recorreríamos toda Italia. Al principio lo rechacé. En realidad no me apetecía viajar a ningún sitio, porque en mi cabeza sólo existía la idea de encontrar un trabajo lo antes posible. Además no me parecía sensato marcharme estando en paro.
Por desgracia siempre he sido fácil de convencer y mi hermana, con el don de conseguir lo que se proponga, logró que accediera. Cuando me di cuenta, estaba comprando guías de Florencia y Nápoles en el Fnac.
Como ya he dicho, me senté en un banco de mármol mientras el sol me caía como una manta en la cabeza. Aburrida, paseé la mirada por el recinto. El reloj marcaba las cinco y veinte de la tarde. Mi hermana llegaba media hora tarde. A mi derecha unos niños miraban las maquetas mientras su madre los seguía y señalaba con un dedo el cristal que las protegía. Delante, un chico joven con gafas de sol caminaba nervioso de un lado a otro. Entonces me di cuenta de que mi abuelo tenía razón. La gente no hablaba mucho en las estaciones grandes.
Al poco mi hermana apareció por la puerta central. Además de unas gafas de pasta y una camiseta moderna que enseñaba el tatuaje de su hombro traía consigo la energía de quien ama la vida de verdad. Al verme, levantó la mano y la sacudió para saludarme. Por la forma en que se detuvo a mi lado intuí que su  maleta (el doble de grande que la mía) debía de pesar muchísimo. Cuando me quejé de la hora ella no me hizo caso, me dijo vamos, que el tren ya espera. Así que caminamos hacia la cola, y nos situamos las últimas. Al levantar la cabeza vi a la señora italiana que me había hablado en el bar.  Desde lejos parecía aún más elegante.
El compartimento me pareció pequeño. Las camas sin hacer sólo eran asientos. Yo ocupé el lado de la ventana y mi hermana permaneció apenas un minuto a mi lado. Se levantó y comentó que le gustaría inspeccionar los vagones. ¿Pero qué quieres inspeccionar si son todos iguales? Le dije. Pero ella ya había salido del compartimento y buscaba curiosa el camino del bar. Me preguntó si quería algo y cuando le dije que no desapareció. Enseguida vuelvo, y su voz se difuminó con la de otros pasajeros.
Me puse a mirar por la ventana, y en ese momento el tren inició su marcha. Clavé mi atención en lo que había al otro lado del cristal, poco a poco Barcelona iría quedando atrás. Fue entonces cuando realmente me alegré de haber aceptado el regalo de mi hermana.

Desconocida

Ramón Gisbert, profesor de Filología Románica de la Universidad de Barcelona, ​​aún no entiende cómo se ha entretenido tanto. Siempre ha sido una persona puntual, actúa como dirigido por un reloj preciso y exacto, pero hoy, por alguna extraña razón que no consigue deducir, llega tarde.
Se ha levantado al sonar el despertador, y lo ha hecho sin pereza a pesar de haber dormido poco y mal. Enseguida se calzado las zapatillas que compró la semana pasada en una tienda del Borne, y el contacto del pie con la felpa suave le ha provocado una ligera e inmadura felicidad. No le importan los cuadros coloridos y estampados, ni que éstos hagan pensar en un anciano, porque aquellas zapatillas le gustan y, con ellas, se siente cómodo y hogareño. Después se ha dirigido al baño y se ha metido en la ducha. Ha desayunado lo mismo de todos los días, dos tostadas con mantequilla y café con leche, y se ha vestido con la primera camiseta que ha encontrado, y unos vaqueros un poco desgastados por los bajos. Ramón repasa los hechos, calcula el tiempo invertido, y piensa que no se ha entretenido especialmente, ni en la ducha, ni en vestirse, ni en el desayuno. Ha tardado exactamente lo mismo que otros días. O al menos, eso le parece a él, porque aun así llega tarde.
Son las siete y media de la mañana cuando cierra la puerta de casa y baja las escaleras, frotando contra las paredes la bolsa que lleva cruzada con los libros y los apuntes. En el segundo piso mira el reloj de pulsera, con la concentración que requieren los relojes que no llevan números. Piensa en comprarse otro que muestre la hora de una manera más clara, pero enseguida la angustia florece en su expresión al pensar que tendrá que decirle a Marta que aquel reloj que le regaló no le acaba de gustar. Algo a su alrededor se ensombrece. Además, hoy debe disimular la impaciencia que le causa mirar el reloj, porque Marta lo acompaña. Normalmente, como ella abre la clínica veterinaria a las nueve, salen por separado, cada uno por su lado, pero hoy es diferente porque él llega tarde.
En la calle caminan juntos hasta el metro. Ella le coge muy fuerte de la mano y se acerca a él hasta que los hombros se rozan. Ramón se limita a devolverle una sonrisa que, aunque ella no se dé cuenta, es completamente forzada. Y claro, Marta le cree cuando él se deshace de una manera sutil y le explica que, con este calor que hace, le sudan las manos.
Hace apenas un mes que viven juntos, en el piso de él, situado en la calle Mallorca, el cual de repente ha empequeñecido. Ramón se pregunta si un piso puede encoger en cuestión de días. Pero los pisos no encogen, sino los espacios libres. Reflexiona. No sabe cómo ha acabado viviendo con Marta, de la misma manera que no sabe por qué llega tarde. Si no quería vivir con ella, ¿por qué dijo que sí cuando se lo propuso? Quizás aceptó porque le cuesta estar solo. Sabe que es de ese tipo de personas que siempre necesita a alguien. Siempre lo ha necesitado y siempre lo necesitará. De aquellas personas que cuando concluyen una relación no tardan en empezar otra. Es como una enfermedad. Quizás está enfermo. De repente lo ve claro. Él quiere a Marta, está enamorado, sino no viviría con ella. Lo que pasa es que el piso es pequeño. Pero esto tiene solución. Esa misma noche hablará con ella. Comprará un regalito que le dará después de cenar, y entonces soltará la noticia, porque está convencido: deberían casarse y comprarse una casa. De repente, la voz de Marta preguntando si olvida algo lo devuelve a la realidad. Piensa un segundo, y responde que no, que lo ha cogido todo porque se prepara la bolsa por las noches. Ella ríe y le comenta que es un desastre, y que si no se deja la cabeza es porque no puede.
Llegan a la estación. Es un día de primavera y el cielo se empieza a vislumbrar un matiz gris que pronto se convertirá en azul claro. Bajan las escaleras del metro y, en el andén abarrotada, esperan un minuto.
El metro por fin llega y tras detenerse, las puertas se abren, primero entran unos chicos y después una anciana a la que una mujer ofrece el sitio. Ramón y Marta se agarran a la barra, y entonces ella inicia una conversación. Siempre lo hace, y a él a veces le resulta difícil seguir el hilo de sus diálogos largos y siempre tan enrevesados. A menudo se pierde en sus palabras, pero ahora no la quiere ofender y va diciendo que sí.
Un tanto agobiado por el día atípico que le ha tocado vivir, Ramón gira la cabeza y es en ese preciso instante cuando la ve, sentada en los asientos contiguos. De pronto siente pánico al pensar que Marta se dé cuenta de que ha mirado a otra chica, y entonces dirige su atención hacia ella, la mira a los ojos mientras continúa planeando qué harán el fin de semana. Él desvía la mirada, la chica tiene el pelo más corto de lo que le había parecido a primera vista, por debajo los hombros. Lleva el flequillo cogido con una pinza, y el pelo se le extiende un poco alborotado. Él también lo tiene alborotado, pero de una forma diferente. A ella le queda bien así y no se la imagina de otra manera. Tiene una belleza natural, poco artificial. Se fija bien y divisa unos pendientes pequeños en forma de perlas. Mira Marta, que se acerca y le dice algo al oído. No comprende bien qué le ha dicho pero sonríe, porque la sonrisa es la respuesta estándar. Mira a la chica, que va leyendo. ¿Cómo no se ha dado cuenta antes?
Llegan a Tetuán, las puertas se abren, sale gente, entra gente, y finalmente, vuelven a cerrarse. La chica mantiene los ojos fijos en el libro sin levantar la cabeza, y él alterna miradas hacia delante, donde se encuentra Marta y hacia la izquierda, donde está la chica. En ese momento ella recibe un mensaje al móvil y cierra el libro para poder contestar. Cuando lo hace Ramón consigue ver la portada y descubrir que la chica lee la Eneida. El enamoramiento es instantáneo.
Los dos asientos que hay junto a ella quedan libres cuando dos chicos se levantan, pero Ramón, por timidez o bloqueo de los sentidos, no se mueve. Sin embargo, Marta es rápida. Ella ocupa el asiento que está más lejos y deja libre el del lado de la chica. Ramón se sienta, indeciso, un poco violentado. La chica, que ha dejado de leer, le ha dedicado una mirada furtiva cuando ha pasado por su lado. ¿Cuántos años tendrá? 28, 29, 30. Quizás. No, no debe llegar a los 30. Debe mirar de nuevo. 25. Con 25 es demasiado joven para él. Nunca ha sabido calcular edades. Hace una media. 27. Sí, esto está mucho mejor, tiene 27 y punto.
Ya la ha mirado una vez, disimulando estúpidamente, así que no puede repetir el gesto en un buen rato. Los chicos que están de pie, justo delante de ellos, se van y Ramón clava los ojos al cristal oscuro de la ventana de enfrente. Lo hace un segundo e inmediatamente mira a Marta de reojo. Después desliza la mirada a través del cristal al mismo tiempo que la chica y se encuentran. Ella baja los ojos y él se aclara la garganta. Vuelve a mirar a Marta. La chica comienza a leer otra vez. Marta, que ha notado su despiste, aunque no el motivo, pronuncia su nombre ¡Ramón! Él la mira y sonríe, porque la sonrisa es la respuesta estándar. La chica ha dejado de leer, ha cerrado el libro lo mantiene cogido con las manos. La portada tiene unas letras grandes y negras que resaltan en el dibujo color crema. La Eneida, Virgilio.
Están a punto de llegar a Paseo de Gracia, esto quiere decir que Marta bajará. Ramón sólo tendrá unos minutos escasos antes de llegar a Universidad y bajar del metro para decirle algo. Pero, ¿qué puede comentar que no suene un poco a tópico? Bueno, flirtear queda descartado. La chica debe de haber visto a Marta y, ¿qué pensará si de repente emprende una conversación interesada? Una alternativa sería fingir que algo se le cae al suelo. Si ella lo recoge, la conversación está garantizada.
Pero llegan a Paseo de Gracia y Marta no baja. Coge del brazo a Ramón, realizando un gesto cariñoso que a él, en cambio, le parece angustioso, y se le acerca, pega los labios en sus mejillas como si le quisiera besar. Le dice que como es muy temprano lo acompañará hasta Universidad. ¿Y después volverás? Pregunta Ramón, queriendo ostentar la simplicidad de la acción. No le dice que no es necesario, porque no quiere que se enfade, además, las puertas ya se han cerrado, y Marta sigue a su lado, así que es tarde para tentativas exasperadas. La chica, tras introducir el libro en el bolso, se levanta, se acerca a la puerta y se coloca justo delante del botón verde que la abrirá en la siguiente parada.

miércoles, 19 de junio de 2013

Las personas que viajaban en transporte público


Hay personas que cuando suben al autobús se sientan a tu lado. No importa que esté vacío, que tú seas el único pasajero que viaja, ni que ellos tengan el privilegio de elegir el sitio que más les guste. Te ven a lo lejos y se dirigen a ti. Tú eres un imán y ellos son todos los metales. Después, cuando el conductor ya ha arrancado, esperan unos segundos, los cuales invierten en mirar el perímetro con semblante aburrido, y entonces llega el momento: te preguntan algo. A veces no es una pregunta, sólo te hablan del tiempo. Da igual que vayas leyendo Juego de Tronos o escuchando el último disco de Manel. Te hablan igual.  Y te llaman nena, aunque ya hayas cumplido treinta años.
También hay personas que viajan en el lado de la ventana y, sumidos en un despiste máximo, no recuerdan en qué parada deben bajar hasta que las puertas ya están abiertas. Entonces se levantan desesperadas, y tú, que vas en el asiento del pasillo, tienes que reaccionar tan rápido como él/ella. Pero claro, es imposible. Coges el bolso y la chaqueta para poder dejarle paso, pero él/ella no puede esperar tanto. La gente está bajando y las puertas se cerrarán de un momento a otro. Entonces te arrollan. Tú, en un gesto rápido, te plantas de pie en el pasillo y llega el momento: plaf! Las mil páginas de Juego de Tronos han caído al suelo como un ladrillo.
En cuanto al civismo, hay de todo. A algunas personas, al ver subir una mujer embarazada o unos ancianos, les falta tiempo para ofrecerles su asiento, y otras, se hacen los dormidos fingiendo no haberlos visto.
Hay gente que haría lo que fuera por conseguir un sitio en el metro. Pierden los modales y no les importa. He llegado a ver el caso de un señor que estaba a punto de sentarse en un asiento que había quedado libre, y una mujer (ella estaba más apartada), al verlo, aceleró el paso con el propósito de llegar antes. Dado que el señor estaba a punto de sentarse y la mujer tuvo que filtrase entre él y el asiento para conseguir el sitio, fue un robo a mano armada. Al final la señora ocupó el lugar, se salió con la suya, y cuando el hombre se quedó atónito sin saber muy bien qué decir, ella se limitó a exclamar con una voz un tanto repelente: no, no, no, no.
Pero también he visto gente detenida ante un mapa ayudando a turistas a encontrar la línea que va al centro. Y gente que ayuda a las madres a bajar el carrito del bebé. Parejas que por las mañanas viajan cogidas de la mano, y cuando tienen que separarse en Sagrada Familia o Tetuan les cuesta  decirse adiós.
 Ya lo dijo Cervantes: Cada individuo es una variedad de su especie.    

domingo, 16 de junio de 2013

Esperar



El cielo comenzó a oscurecer, y las primeras estrellas de la noche florecieron parpadeantes mientras yo permanecía allí sentada.
Se levantó una brisa agradable y fresca que reemplazó el bochorno que nos había hastiado durante todo el día. No sabía calcular cuánto tiempo llevaba en el jardín, sentada en la silla de mimbre, esperando que sucediera lo que tanto tiempo llevaba deseando.  Con el soplo de aire, pensé que el verano acababa y, sin quererlo, olvidé mi obsesión. Recordé que pronto volvería al colegio, lo cual me indujo sentimientos contradictorios.
Por aquellos días no sabía si la escuela me gustaba o no. Me moría de ganas por ver a mis amigas, por explicarles las vacaciones y escuchar las suyas, por jugar a la comba en la hora del recreo e intercambiar con ellas cromos de dibujos. Por otro lado, no me apetecía aguantar las clases, ni ver a la profesora de matemáticas. ¿Cómo conseguía asustarnos tanto aquella mujer? Me la imaginé llegando el primer día, con su rostro severo y arrugado, no de vieja, sino de enfadada.  Las cejas fruncidas, los labios apretados. Tenía la imagen en mi mente de la forma en que solía subirse las gafas con un dedo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando recordé su voz mencionando mi nombre, y me entristecí.
En ese instante mi abuela abrió la puerta del patio y yo volví a la realidad como quien despierta bruscamente de un sueño. Ella se me quedó mirando, esbozando una sonrisa tierna.
Mi abuela era la señora más moderna y guapa del vecindario, y yo estaba orgullosa.  Llevaba el pelo rubio, siempre muy bien peinado, las uñas rojas y en sus mejillas jamás faltaba colorete. A veces, cuando la acompañaba al supermercado o ella me llevaba al parque, todos pensaban que yo era su hija. Cuando esto ocurría mi abuela reaccionaba con una risilla, y se restaba méritos, tratando de ser modesta. Pero luego, durante la cena lo explicaba a mis padres con orgullo. Siempre decía que esos comentarios le alegraban el día.
-Entra en casa, o te constiparás- me dijo mi abuela.
No repliqué, aunque estaba cómoda en el jardín. Me levanté de la silla y me dirigí hacia el interior de la casa. Cuando pasé por su lado colocó su mano cálida en mi cabeza y me acarició el pelo. Su contacto siempre me aportaba seguridad, como si a su lado nunca me pudiera suceder nada malo.
Y de repente, recordé mi obsesión.
-¿Han llegado ya?- pregunté, impaciente.
-No, aún no. Pero no tardarán mucho más.
En el salón, me senté en el sofá. Adopté una esquina como mía, igual que un cachorro. Normalmente me estiraba, pero aquella noche algo en mi interior no me dejaba ser yo misma.
Mi abuela encendió la tele, y puso el canal de dibujos animados. Eran mis preferidos, sin embargo, no podía concentrarme. Sólo pensaba en que el tiempo pasaba lento y tedioso. Y en mi obsesión.
Al cabo de un rato oí la llave girar en la cerradura. Cuando la puerta se abrió, despacio y con cuidado, yo salí corriendo hacia el recibidor. Mi abuela me siguió, más tranquila, por supuesto.
Ante mí se encontraban mis padres. Sus rostros estaban iluminados, al menos a mí me pareció que ambos mantenían una expresión feliz. Nunca había visto tan guapa a mi madre. Ella llevaba un bulto en los brazos que estaba cubierto por una mantita rosa. Se agachó para mostrármelo, y entonces vi la cara de mi hermana.
Era pequeña, frágil, un tanto arrugada.
-Ésta es tu hermanita- dijo mi padre.
La observé detenidamente, maravillada. Tenía los ojos cerrados y en su rostro se reflejaba una serenidad que yo  jamás había visto antes.  La boca era tan pequeña que no parecía una boca, solo una brecha en la cara diminuta. Pasé un dedo por su mejilla, con suavidad. Era extremadamente sensible. En ese momento me sentí mayor, adulta. Me comparé con ella. Era tan pequeña…

domingo, 9 de junio de 2013

Contagio


Un día mi mejor amiga me confesó que detestaba volar. Después, esperó  a que yo formulara algún comentario, pero al ver que me limitaba a contemplarla con expresión extrañada y un tanto burlesca, continuó: “El avión es, para mí, el peor medio de transporte que existe”. 
Su confidencia me sorprendió, no sólo porque ya habíamos compartido incontables  viajes y jamás, en ese tiempo, detecté el menor indicio de incomodidad, sino porque al día siguiente nos marchábamos a Venecia a pasar el fin de semana. Le pregunté qué quería decir, y por qué no me lo había explicado antes. Ella se encogió de hombros y expuso: “Es que no tiene importancia. Volar es rápido y me adapto, pero las horas en el aeropuerto son largas y pesadas, se hacen tediosas. Y luego, en el aire, las turbulencias me asustan”.  Yo le contesté que a mí, sin embargo, me relajaba observar el vaivén de los pasajeros y leer los destinos en las pantallas; visitar las tiendas de recuerdos, los Duty Free y comprar alguna revista. Ella sonrió: “Ya te he dicho que no tiene importancia”.
A la mañana siguiente, nos encontramos, puntuales, en el aeropuerto. Nos pusimos a la cola del control de pasajeros. Como sólo pasaríamos en Venecia un par de días, no necesitábamos facturar equipaje, de manera que una pequeña maleta nos bastaba.
Fue allí donde, conociendo las aprensiones de mi mejor amiga, comprendí que se mostrase callada y taciturna. Pensé que, tal vez, en viajes anteriores ya hubiese exhibido aquella inquietud, y que yo no lo hubiera detectado. Para animarla, una vez dentro de la zona de embarque,  le dije que tenía hambre y le propuse desayunar. A ella le pareció una buena idea, lo cual me hizo creer que sus temores se habían mitigado; pero mientras caminábamos, buscando una cafetería, me preguntó si estaba nerviosa. Contesté con un ”no” rotundo, y centré mis pensamientos en otra cosa.
No obstante, algo ocurrió. No sé si al declararme sus miedos e inquietudes, consiguió transmitírmelos, pero a partir de ese instante el viaje se volvió complicado. El desayuno me pareció extremadamente caro, me aburrí esperando en la puerta de embarque y, mientras sobrevolábamos el mediterráneo, las turbulencias me estremecieron. Finalmente advertí lo que había sucedido: mi amiga me había envenenado con recelos.

90210 El boleto ganador



La señora Remedios Jiménez vive en el tercer piso de un edificio erigido hace treinta años y situado en la periferia de la ciudad. En total, si se tiene en cuenta que el bloque consta de diez plantas y cuatro puertas por rellano, deben de vivir unas cuarenta familias allí. Lo normal en estos casos sería no conocer al vecindado completo, sino charlar de vez en cuando con el vecino más próximo y conceder un saludo exiguo al resto. Hola y adiós. Pero la señora Remedios Jiménez es una mujer popular, charlatana, influida por las ganas de relacionarse. Es una mujer con dinamismo. A ella, el hecho de que la reconozcan por la calle la satisface, infla su orgullo un tanto infantil, porque se siente afortunada explicando que, en el barrio, todo el mundo la quiere muchísimo. Esta popularidad se debe a su carácter, digamos, entusiasta, que a menudo, aunque nadie ha osado jamás decírselo a bocajarro, la perjudica cuando habla con esa voz chillona y besa con énfasis las mejillas de los niños dejando la huella rosa de los labios, creando un contorno ridículo en forma de corazón. Aunque no lo parezca, la señora Remedios Jiménez tiene sesenta y cinco años. En el barrio nadie lo creería si no fuera porque un par de meses atrás acudieron a la fiesta sorpresa que su hija le preparó, igual que no lo creerían si no hubieran comido aquel pastel de crema y nata y hubieran visto cómo Remedios soplaba las velas en forma números rojos: 65. Cuando la gente en el barrio le pregunta cómo lo hace para mantenerse tan estupenda, ella siempre experimenta la misma reacción. Cierra los ojos, provocando que el rímel negro y el color azul que cubre los párpados se realcen y, entonces, sacudiendo la cabeza en señal de negación y utilizando un tono de voz tan nivelado que parece que se lo haya aprendido de memoria, dice: yo no me abandono como esas abuelas que sólo visitan la peluquería de tanto en tanto. Y por último añade: no hay mujer fea, sino mal arreglada. De hecho, una de las mayores preocupaciones de la señora Remedios Jiménez son las uñas. Tiene impuesta la obligación de llevarlas largas, pintadas de colores, y con una florecilla pintada en un dedo. Sí, las uñas es una de sus firmas personales, una manía, sin su estilo no se sentiría ella misma. Sería otra persona diferente. Es consciente de la necesidad que siente por arreglarse, de una forma casi desesperada. Si alguien le preguntase a qué se debe su afán respondería que en el baile al que acude los viernes por la noche hay mucha viuda que no se acuerda del marido difunto, y éstas son las peores, que son capaces de robarle el suyo. Y ella, a su Alfredo, lo quiere mucho. Por eso se esfuerza en mantenerse atractiva. Aunque si lo piensa bien, ¿quién iba a fijarse en su marido? Es pequeño, poca cosa, y no muy inteligente. Ella en cambio, sí se considera atractiva. El pelo lo lleva siempre bien peinado, corto y fijado con laca, pulcramente teñido de rubio. Lo que no sabe, o no alcanza a descubrir, es que tanto adorno superficial la hace un poco vulgar. Cada día se revisa el pelo de una manera minuciosa, casi insana, para asegurarse de que no ha emergido ninguna cana. No le gustan las canas, de hecho, las detesta. Le da asco la afluencia blanquecina en el cuero cabelludo que la mayoría de veces parece un estropajo. Bueno, esto sólo es aplicable a las mujeres. Sí, las mujeres deben arreglarse y ser sumamente presumidas, si no, sus maridos se irán con otras. Los hombres, en cambio, adquieren atractivo con una aglomeración grisácea sobre la cabeza, el pelo gris les aporta madurez y seducción. Basta con ver Pretty woman, que es su película favorita, para saber que Richard Gere es el príncipe azul que toda mujer querría tener a su lado. Es atractivo, millonario y todo un galán. Y tiene el cabello repleto de canas. Sí, si tuviera que ser la protagonista de una película ésta sería Pretty woman, hubiera estado dispuesta a prostituirse si al cabo de unos días un príncipe la hubiera rescatado de su miseria. Pero ahora es demasiado tarde para pensar en una vida paralela. Tiene sesenta y cinco años, la edad en la que se jubilaría de haber trabajado, y tampoco sería lógico quejarse. Alfredo siempre ha sido un hombre trabajador y dulce, un buen hombre, y la ha tratado igual que a una reina. Remedios lo sabe, igual que sabe que la quiere. La hermana de Alfredo dijo un día que su bondad se multiplicaba con los años, pero a ella, a Remedios, no le parecía que se hubiera vuelto más bondadoso, sino más estúpido. Odia gritar a su marido, pero a veces, cuando manifiesta esa cara de tontorrón e inocente, o cuando trata de explicar lo que piensa no puede evitar mandarlo callar. Si no lo hiciera, la gente se reiría de él.
Es más que evidente que una de las aficiones que más complace a Remedios es ejercer de anfitriona. Disfruta invitando a sus hermanos, a sus hijos, a los vecinos, y, desde luego, a las amigas del barrio. Normalmente elabora pasteles y galletas, y empanadillas de atún, las cuales embellece con perejil. Sólo una vez decidió contratar un catering, pero al ver las croquetas de pollo destrozadas se juró a sí misma que aquel estropicio no se volvería a repetir. A partir de ese momento cocinaría ella, que talento para servir a invitados, no le faltaba. En estas reuniones disfruta explicando a las amigas y a las vecinas que llegó al barrio de jovencita, con su marido Alfredo, cuando apenas acababan de casarse, y, como si introdujera una carta en la baraja equivocada, intercala historias del pueblo, en cuales algún antiguo vecino sale perjudicado al ser criticado. De hecho, también alguna nueva vecina acaba siendo el centro de sus acusaciones y reproches. Y, al final, mezcla tanto las crónicas que a menudo acaba olvidando la trama inicial. Lo que no explica nunca es que, del pueblo, Alfredo y ella traían una maleta pequeña con poca ropa y una vajilla no demasiado amplia del ajuar, que llegaron a Barcelona con el dinero suficiente para sobrevivir un par de meses.
Remedios siempre ha creído en el más allá. Está convencida de que su vida actual palidece al compararse con otra anterior. En otra vida tuvo joyas y fue la preferida entre un grupo de mujeres que vivía en un harén. No tiene muy claro qué es un harén, pero sabe que debía ser un lugar maravilloso, un lugar donde las mujeres recibían caprichos y pasaban el día dedicándose a ellas mismas, a lavarse el pelo y a bañarse. Sí, ésa es la imagen más próxima que tiene de un harén. Ella, en otra vida, vivió en uno. Un día una amiga de una amiga le echó las cartas y después de pasar un rato explicándole que los acuario son así y les conviene hacer esto y juntarse con gente de aquella manera, le dijo que, como era tan simpática y tenía un corazón tan grande, muchas mujeres la envidiaban. Pero esto no fue todo. La vidente aseguró algún día sería rica, y, claro, cuando llegase el momento la envidia de las amigas crecería exponencialmente. Le dio un amuleto para ahuyentar el mal de ojo y otro para la fogosidad de Alfredo, que últimamente no tenía nada que ver con la pasión de antes. Al principio no sabía si creerse o no aquello de hacerse rica, pero enseguida llegó a una conclusión muy simple: si aquella mujer lo afirmaba, aquella mujer que un día había contactado con un espíritu del más allá, debía de ser verdad. Quizá la vida le cambiaría, porque hasta ese momento, su suerte había sido parca y escasa. La crisis y las circunstancias habían desfavorecido una vida que podría haber sido diferente. Podría haberse casado con un hombre inteligente y rico, y entonces ella llevaría joyas, podría haber tenido una casa grande y una criada que hiciera las tareas que ella tanto detestaba. Pero la suerte era algo que no solía visitarla, de hecho, se había visto obligada a conformarse con un pisito estrecho, reformado poco a poco, en la periferia de Barcelona, situado en un barrio de obreros que habían emigrado del sur en los años setenta. No había duda, la suerte y ella no eran amigas. Justamente hacía un par de días, cuando volvía a casa después de tomar un café con las amigas, un chico le robó el bolso, tirando con tanta fuerza que ella tardó unos segundos en comprender qué pasaba. Cuando reaccionó el chico ya hacía rato que corría calle abajo. No tuvo tiempo ni de asustarse, y cuando una mujer que pasaba por allí con un hijo en el carro se le acercó, nerviosa y escandalizada, para comprobar que estaba bien, Remedios reaccionó de repente y se deshizo en voces. Inició un repertorio de insultos dirigidos al gamberro, que ya no debía de oírla. Inmediatamente lo denunció a en comisaría, pero del chico y del bolso, ni rastro.
Hoy ha sido un día maravilloso para Remedios, de esos que transforman la vida y te hacen subir varios peldaños en la escalera de la felicidad. La suerte de Remedios ha cambiado, porque hoy le ha tocado la lotería. El número que llevaba era, ¿cómo decirlo?, ridículo. Incluso tenía un deje antiestético: 90210. No sabe por qué cogió aquel boleto cuando lo encontró en la administración de lotería, lo único que sabe es que en ese instante tuvo un presentimiento, de aquellos que se deben seguir. No sabía a ciencia cierta el motivo, pero el número le recordó a una serie de televisión americana, un poco antigua ya, sobre unos estudiantes adolescentes que pasaban el día en la playa y yendo de compras. Cuando Alfredo dijo que no quería ese número ella contestó que esta vez sabía que tocaría, que algo dentro de ella se lo decía. Y tenía razón, porque ahora Remedios es una mujer rica. De hecho llevaba cinco boletos, así que uno u otro tenía que recibir un premio por pequeño que fuera. Rápidamente ha puesto orden en el salón. Ha limpiado de una manera impulsiva, ha comprado flores refulgentes y ha colocado en la cocina una bandeja con trufas y otra con pastelitos de nata y crema y cerezas confitadas. Alfredo ha ido a comprar cava y cuando ha entrado en la cocina ha dicho con voz un poco nerviosa: Pronto legarán los de la tele, ¿cómo vas? Remedios tiene la situación más que controlada, o, al menos, lo piensa. Se ha hecho las uñas y se ha teñido el pelo, y hoy estrena aquel jersey estampado que se compró en Agosto en Pineda de Mar. Ahora sólo queda que lleguen los invitados y la televisión.
Primero llegan las vecinas que quieren saber si se encuentra feliz y qué hará con el dinero. Le dicen que debería abrir un negocio, porque ha nacido para tratar al público, con ese carácter entusiasta y locuaz, y ella responde que ya tiene sesenta y cinco años, ¿o es que quizás ya no se acuerdan? Ahora lo que le toca es jubilarse y disfrutar de la vida, que de trabajar está harta. Quizás se irá a vivir a Jaén, que es donde vive su hijo mayor, su nuera y sus nietos desde hace unos años. Tendrá que pensarlo bien, aún no ha decidido nada.
En ese instante llega su hija con sus nietos: una niña de once años y un niño de cinco. El padre de los niños no está, hace dos años y medio que se fugó con una antigua novia y no se ha vuelto a saber de él. Ni si quiera pasa la manutención. El niño mantiene vivo el recuerdo de su padre, porque la cara parece una réplica de la suya. Y no sólo la expresión y las facciones, también los gestos a veces despóticos. Tiene cara de cabreo perpetuo. Tan pronto entra en casa de sus abuelos empieza a correr por las habitaciones hasta que tropieza, no sé sabe cómo, cae de cara y llora enrabietado. Una vecina lo ayuda a levantarse para consolarlo, y tal vez por la vergüenza, el niño se tranquiliza sin abandonar una expresión de escepticismo. Parece que no se fíe de aquella mujer de la que no puede recordar si la conoce o no. Su hermana no le presta la menor atención, está muy ocupada persiguiendo a su abuela Remedios, intentando provocar el nepotismo de ésta. Saray, así se llama la hija de Remedios, abraza a su madre y los pendientes grandes en forma de aro que le cuelgan de las orejas se mueven suavemente. Está a punto de llorar de la emoción que la posee, y se pasa un dedo por el lagrimal ya brillante. Lo hace poco a poco, con mucho cuidado, porque las uñas largas de porcelana no le permiten frotarse los ojos de otra manera. Remedios le dice que no llore, a ver si la raya de los ojos se estropea. Saray contesta que no lo puede evitar, que está muy feliz. Dice que lo que les ha pasado es un regalo por todas las infelicidades que han tenido que soportar. Remedios frunce la cara. ¿Qué quieres decir? Pregunta, y la hija reacciona con otro gemido Hemos tenío mu mala suerte en la vida. Remedios contesta que es una exagerada y Saray se deshace en llanto. Está muy sensible desde que hace unos meses la rechazaron en el castin de un reality en televisión. Remedios deja que Saray se rehaga y comienza a imaginar cómo cambiará su vida. Se hace ilusiones ante la idea de irse de aquel barrio pobretón. No le gustan los inmigrantes a pesar de que a menudo compra en el chino, el cual un día le regaló una pulsera con imágenes de la Virgen. Tampoco le gusta aquel vecino del tercero que es homosexual. Naturalmente, le saluda cuando se encuentran en el rellano o en la puerta, pero es debido a ser una mujer muy educada y con un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Sí, por eso no puede evitar saludar a nadie por muy mal que le parezca su conducta, y preguntarle qué tal, cómo va, de dónde viene. Alfredo le ha prometido que cambiarán de barrio, que se comprarán una casa, ahora se lo pueden permitir, y su hija comenta que este verano se irá a Punta Cana pero que antes quiere operarse los pechos. Remedios quiere ir a Egipto. Allí fue su vecina y volvió encantada de la vida. Cuando Remedios vio las fotos pensó que si algún día se lo podía permitir iría a Egipto. Sin embargo sabe que Alfredo tiene sus propios sueños. Ahora que es jubilado tiene mucho tiempo que invertir, seguramente se comprará un coche nuevo, uno de esos que llevan la gente rica, con clase. Un Mercedes o un BMW. Comienza a imaginar la envidia de las vecinas y de las amigas del barrio. Ya lo advirtió la pitonisa.
Finalmente llega la televisión y el piso queda embarrado de personas y cámaras. Alfredo, nervioso, dice: esto es un follón. Pero Remedios y Saray difunden gozo. Las vecinas no saben dónde tienen que colocarse para no salir en un primer plano, pero como de todas formas quieren salir, aunque sea al fondo, se colocan al lado del mueble, una adosada a la otra y, sin saber muy bien qué hacer, se quedan quietas y calladas. Y salen pequeñitas asemejándose al relleno de un cordero. Remedios está un poco indignada porque la entrevistadora que han enviado es una niña que debe de tener poco más de veinte años. Revisa las tarjetas con una persistencia que la hace insegura, además esa manera de coger el micro parece de lo más inestable. Seguro que es una periodista en prácticas, y le ofende que no hayan enviado una persona más experta para un caso tan importante.
Poco a poco todas las personas que se encuentran en el piso se dejan llevar por una euforia que escala exponencialmente. Las vecinas se ríen entre susurros, Alfredo abre la botella de cava que ya debe estar fresquita, la reportera dice que no tiene permitido beber alcohol en horas de trabajo pero que lo hará a escondidas porque una celebración como aquélla es digna de un buen cava, los cámaras opinan igual, Saray derrama unas lágrimas y el niño salta en el sofá antes de divisar los pastelitos de crema que han sobrado y que permanecen abandonados sobre la mesa. Piensa que, si no es rápido, una de esas vecinas gordas se los robará. Incluso el vecino homosexual se siente intrigado y se asoma por la puerta abierta con el propósito de descubrir qué línea sigue la celebración. Llegados al momento de máximo entusiasmo el ambiente ha adquirido las características de una fiesta y todos piensan, sumamente convencidos, que un instante como aquél es sin duda indestructible, no puede nublarse por ningún otro suceso, por ruin que sea. La reportera se toma el cava de un trago e inmediatamente pide a Remedios que traiga el boleto para poder mostrarlo por televisión. Con un orgullo que casi no la deja respirar Remedios se dirige a la habitación y busca la bolsa donde guardó el boleto. Al cabo de unos segundos sale el comedor y las voces jubilosas se disipan paulatinamente a medida que un invitado tras otro advierte el rostro pálido de Remedios. Parece que algo le haya sentado mal, quizás se siente mareada debido al cava, o también puede ser que las trufas le hayan hecho daño en el estómago. Enseguida es evidente que no es eso, tiene los ojos rabiosos y sufre una tirantez de los músculos que a primera vista parece preocupante. Tiene la mandíbula apretada, e incluso los labios, que al comienzo de la celebración eran rojos y llamativos, ahora dan la impresión de haberse desinflado como un globo pinchado. La preocupación se contagia y nadie se atreve a preguntar qué ocurre. Ella se siente ridícula, no sé sabe si más estúpida que víctima. Por último no encuentra otra salida que confesar la verdad, y lo hace con la voz serena a pesar de las ganas de llorar que la dominan. El boleto está en el bolso que le robaron hace dos días.