domingo, 9 de junio de 2013

Contagio


Un día mi mejor amiga me confesó que detestaba volar. Después, esperó  a que yo formulara algún comentario, pero al ver que me limitaba a contemplarla con expresión extrañada y un tanto burlesca, continuó: “El avión es, para mí, el peor medio de transporte que existe”. 
Su confidencia me sorprendió, no sólo porque ya habíamos compartido incontables  viajes y jamás, en ese tiempo, detecté el menor indicio de incomodidad, sino porque al día siguiente nos marchábamos a Venecia a pasar el fin de semana. Le pregunté qué quería decir, y por qué no me lo había explicado antes. Ella se encogió de hombros y expuso: “Es que no tiene importancia. Volar es rápido y me adapto, pero las horas en el aeropuerto son largas y pesadas, se hacen tediosas. Y luego, en el aire, las turbulencias me asustan”.  Yo le contesté que a mí, sin embargo, me relajaba observar el vaivén de los pasajeros y leer los destinos en las pantallas; visitar las tiendas de recuerdos, los Duty Free y comprar alguna revista. Ella sonrió: “Ya te he dicho que no tiene importancia”.
A la mañana siguiente, nos encontramos, puntuales, en el aeropuerto. Nos pusimos a la cola del control de pasajeros. Como sólo pasaríamos en Venecia un par de días, no necesitábamos facturar equipaje, de manera que una pequeña maleta nos bastaba.
Fue allí donde, conociendo las aprensiones de mi mejor amiga, comprendí que se mostrase callada y taciturna. Pensé que, tal vez, en viajes anteriores ya hubiese exhibido aquella inquietud, y que yo no lo hubiera detectado. Para animarla, una vez dentro de la zona de embarque,  le dije que tenía hambre y le propuse desayunar. A ella le pareció una buena idea, lo cual me hizo creer que sus temores se habían mitigado; pero mientras caminábamos, buscando una cafetería, me preguntó si estaba nerviosa. Contesté con un ”no” rotundo, y centré mis pensamientos en otra cosa.
No obstante, algo ocurrió. No sé si al declararme sus miedos e inquietudes, consiguió transmitírmelos, pero a partir de ese instante el viaje se volvió complicado. El desayuno me pareció extremadamente caro, me aburrí esperando en la puerta de embarque y, mientras sobrevolábamos el mediterráneo, las turbulencias me estremecieron. Finalmente advertí lo que había sucedido: mi amiga me había envenenado con recelos.

2 comentarios:

  1. Es curioso como a veces las opiniones o las consideraciones de los demás nos afectan tanto.
    Algo a lo que en un principio no dábamos ninguna importancia se convierte de golpe en algo importante, en algo a tener muy en cuenta.
    Sobre el miedo a volar se ha escrito mucho pero tú no te has conducido por caminos trillados.

    Un saludo, Indira.

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    1. Sí, afecta muchísimo. A veces ni te has parado a pensar en algo, porque ni siquiera te lo planteas, y cuando otra persona expone su opinión empiezas a verlo de otra manera. Es como si se te cayera el velo de los ojos. Cada uno tiene su punto de vista sobre un mismo hecho o suceso, y al comparar es cuando te das cuenta de la gran variedad de opiniones.
      Un saludo!

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