domingo, 15 de marzo de 2015

Que la fuerza te acompañe

La primera vez que vi Star Wars tenía dieciséis años y hasta el momento no sabía quién era Luke Skywalker. Seguí el hilo de la historia sin problemas. Era una saga de aventuras, de argumento sin complicación, con un punto de rebeldía. Con el paso del tiempo fui olvidando detalles y se formó un lío terrible en mi cabeza. No conseguía visualizar la Estrella de la Muerte ni el Halcón Milenario. No recordaba por qué ni para qué aparece en escena Lando Calrissian. Ni por qué de repente Leia parece miembro del harén de Jabba el Hutt.
Volví a verlas hace unos meses. Y la completé con la trilogía nueva y la película de los Ewoks.
El episodio cuatro me pareció aburridillo.
El quinto, fantástico.
El sexto, de un siete.
El uno me hizo pensar que George Lucas se reía de mí y en mi cara.
En el dos me entraron ganas de matar a los personajes con mi propia espada luz.
El tres me pareció shakesperiano. Me gustó.

Pero lo mejor de todo, es que a partir de ese momento, cada vez que en el trabajo veo aparecer al “jefe supremo” la Marcha Imperial suena en mi cabeza. Y pienso: si es que yo siempre he sido más de Star Trek, que al menos los vestidos son bonitos.