La primera vez
que vi Star Wars tenía dieciséis años y hasta el momento no sabía quién era Luke
Skywalker. Seguí el hilo de la historia sin problemas. Era una saga de
aventuras, de argumento sin complicación, con un punto de rebeldía. Con el paso del tiempo fui olvidando detalles y se formó
un lío terrible en mi cabeza. No conseguía visualizar la Estrella de la Muerte
ni el Halcón Milenario. No recordaba por qué ni para qué aparece en escena Lando
Calrissian. Ni por qué de repente Leia parece miembro del harén de Jabba el Hutt.
Volví a verlas
hace unos meses. Y la completé con la trilogía nueva y la película de los Ewoks.
El episodio cuatro
me pareció aburridillo.
El quinto, fantástico.
El sexto, de un
siete.
El uno me hizo
pensar que George Lucas se reía de mí y en mi cara.
En el dos me
entraron ganas de matar a los personajes con mi propia espada luz.
El tres me
pareció shakesperiano. Me gustó.
Pero lo mejor de
todo, es que a partir de ese momento, cada vez que en el trabajo veo aparecer al “jefe
supremo” la Marcha Imperial suena en mi cabeza. Y pienso: si es que yo siempre
he sido más de Star Trek, que al menos los vestidos son bonitos.