domingo, 2 de agosto de 2015

Take me

Cada año sé que el verano ha llegado definitivamente porque el transporte público se libera de la multitud asfixiante. Las vacaciones de la universidad y los que dejan la ciudad a principios de verano permiten que el traslado en tren o metro por Barcelona sea una actividad tranquila. Y aunque es verano, el otro día llovió, el calor aplastante de las últimas semanas se tomó un descanso, como los universitarios.  Quizás era el día, la lluvia pegaba las hojas de los árboles en el suelo, y la gente caminaba cabizbaja, pero yo hacía horas que  me había aislado del mundo real y me había sumido en mi despiste crónico. Olvidé contestar al móvil, y desconecté de cualquier vínculo con el trabajo. Entré en la estación de Sants y bajé a las vías a esperar.
En el tren, me senté al lado de la ventana, y me puse los cascos. Y como tenía el día tonto reproduje mi repertorio de canciones ñoñas. Roxette decía que debía de ser amor, y U2 contigo o sin ti. Me puse a mirar por la ventanilla, aunque el interior del túnel fuera oscuro. Entonces alguien me tocó sin querer. Levanté la mirada y encontré a un chico que enseguida hizo un ademán para pedirme perdón. No suelo sonreír a desconocidos pero con él lo hice. Y negué con la cabeza "no pasa nada, tranquilo".
Y aunque volví a mirar por la ventana, de repente me descubrí espiándolo. Tenía una constitución corpulenta, no atlética, las cejas pobladas y castañas y llevaba gafas con patillas gruesas. Debía de ser bastante alto, se sentó de lado porque apenas cabía.
Por el cristal de la ventanilla observé que sacaba un libro y se ponía a leer, y de repente levantó la cabeza y me miró furtivamente.
Para entonces Scorpions cantaba su Wind of change, y el tren salía del túnel para tomar su recorrido costero. Me acomodé en mi asiento, y sin pretenderlo levanté la mirada. Él hizo lo mismo, y nos cruzamos. Y aunque Wind of change trata sobre sucesos políticos y sociales de la Europa del Este, noté sus ojos en mí justo cuando Scorpions decía  Take me to the magic of the moment on a glory night. A mi derecha la playa desprendía un tono eléctrico, y a pesar del mal tiempo, había gente en los chiringuitos y jugando a las palas en la arena. Me levanté sin volver a mirarlo, y me coloqué ante de la puerta. Apagué el ipod y me quité los cascos, y cuando las puertas se abrieron salí del vagón con mi paso rápido. Bajé las escaleras, crucé el túnel subterráneo y subí en las mecánicas. Me apoyé y me detuve, y entonces éstas se pararon a mitad de camino. Debieron de estropearse y no pude evitar pensar en el accidente de China, donde una mujer había muerto atrapada en el engranaje al romperse la plataforma. Entonces, tras de mí, escuché una voz masculina. ¿Te había pasado alguna vez? Me giré y me encontré con el chico del tren. Volví a sonreír al desconocido, y le dije: ¿el qué? Empezamos a subir a pie, se puso a mi lado y prosiguió: siempre he encontrado las escaleras estropeadas, o se han parado después de subir, pero nunca mientras. Le di la razón, le dije que a mí tampoco me había pasado nunca. 
Comentamos un par de banalidades y salimos de la estación, que está al aire libre. En la calle me habría gustado tener más chispa, y ser capaz de crear temas de conversación de la nada, hay gente que puede, yo no. Se llama tener morro. Nos separamos y me acerqué a la estación de autobuses (sí, no soy la persona más céntrica del mundo). Un señor con un bigote pelirrojo y descuidado hablaba solo sobre lo falsa que es la gente. Me giré para ver si veía al chico del tren, pero no había rastro. El hombre del bigote dijo algo de un mechero, durante un segundo dudé si hablaba conmigo, al final pensé que sí y le contesté: no fumo.
Al final de la calle vi el autobús que se acercaba. 

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