domingo, 17 de mayo de 2015

Resbalón


Cuando fue consciente del error ya era demasiado tarde y no había nada que hacer. Tras dedicar horas a encontrar una solución que la sacara del apuro, había llegado a una conclusión bien simple: estaba en un callejón sin salida. Sustos como aquél había sufrido bastantes, pero después siempre habían quedado en eso: un susto. Aquel día la situación era completamente diferente. Estaba embarazada de verdad. Su prima mayor, siguiendo el papel que le tocaba interpretar, un poco maternal, le había advertido. En más de una ocasión le había dicho que, si no tenía cuidado, podría quedarse embarazada. Pero claro, cuando eres adolescente piensas que estas cosas jamás te pasarán a ti, que siempre le ocurren a los demás, y nunca a nadie directo. Siempre le ocurre a una amiga de una amiga, o la hija de una prima de tu madre. Pero nunca te ocurre a ti.
La prima mayor fue clara y concisa: Quizás deberías abortar. En respuesta, María arrugó la cara, indicando que no le convencía la idea. Es que me da miedo.  La prima mayor recapacitó. Repasó la situación y al final cuestionó. ¿Qué dirá José? Entonces María se deshizo en llanto. Tal vez sí que debería abortar, ¡pero es que le da tanto miedo! Nunca había visto el procedimiento con sus propios ojos, pero estaba convencida de que no era necesario ser testigo para saber que era peligroso. Tal vez debería hablar con el padre de la criatura y explicarle qué había pasado. Debería comprenderla, al fin y al cabo él era tan responsable como ella. Enseguida sus ilusiones se desvanecieron, el padre evitará tal compromiso, después de todo, lo habían hecho una vez, deprisa y corriendo, y seguro que ni siquiera la recordaba.
La prima mayor cuestionó otra vez: Dile a José que él es el padre. Pero entonces María, que casi había conseguido tranquilizarse rompió a llorar de una forma tan intensa que su prima creyó que jamás podría consolarla. Cuando se calmó María expuso que no podía hacer eso y añadió: Es que José y yo no…La prima mayor se sorprendió: ¿Nunca? A lo que María respondió: No, nuca. Cree que soy virgen.
La prima mayor tuvo claro que aquello lo cambiaba todo. Ya no se le ocurría nada más, se le habían acabado las ideas. Pobre María. José la abandonaría, en casa la molerían a palos, y tendría que tener un hijo ella sola, siendo tan guapa y joven. La vida le cambiaría, seguro.

María notó en la mirada de su prima una mezcla de lástima y alegría de no ser ella. Entonces, en aquel preciso momento, se le ocurrió la idea que la salvaría del tormento que le esperaría toda la vida. La idea se le ocurrió de repente y tal vez era una estupidez, pero ¿no eran las ideas repentinas las que alcanzaban el éxito? ¿No era la suerte del momento la que se debía aprovechar? Tenía la solución y enseguida lo expuso a su prima. Ésta, cuando la escuchó, no pudo evitar mofarse y explicar que su historia no se la iba a creer nadie, y aunque José la creyera, cosa que dudaba, sus padres no lo harían y la molerían a palos doblemente, primero por el embarazo y después por la mentira. Pero María estaba más que convencida: Dios la había embarazado. Y lo repitió tantas veces que al final no tuvo que fingir más. Ella misma se lo acabó creyendo. 

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